viernes, 28 de abril de 2017

Poema del día: "Lírica viene de lirio", de Daniel Bencomo (México, 1980)

Lírica viene delirio
De-
viene lírica lirio

Lyrica subcortical o cortisona,
espuma de bulldog en aguas ya estancadas.
Lirio planta parásito, lírica basura y parasita,
tabletas que recortan la distancia:
del humus al nervio el soma trabaja,
tiempo real es cieno poco.

Lyrica en recetas de mi padre, olvido comprimido hacia su cuerpo.

Lírica es el tedio vs. del tedio de ti.

Un músculo borrándose, otra vez, en sus espasmos.

Daniel Bencomo en Espuma de bulldog (inédito), incluido en Todo pende de una transparencia. Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Internet, 2016, selec. de Iván Méndez González).

Otros poemas de Daniel Bencomo
Interior A

jueves, 27 de abril de 2017

Poema del día: "Viento, fuego, viento (Homenaje a H. M.)", de Vicente Quirarte (México, 1954)

                                    For now he was awake and knew
                                    No one is ever spared except in deams
                                                                             W. H. Auden

Sin clarines ni gallos que mitiguen
la soledad del hombre antes del alba,
lo ve llegar el escritorio antiguo
que sabe la aritmética y el canto.

Puede el poeta convocar ventanas
allí donde los muros nos encierran:
Observa en el jardín ya sin asombro
el barco que al fin ha regresado.

El viejo león, mesándose la barba,
sabe que la belleza es hembra artera:
todo en el jardín es sombra que amenaza,
fauce que en un descuido nos mutila.

La cobarde prudencia le aconseja
alejar de una vez los sueños vanos,
pero muda la sangre amotinada
prepara el abordaje y el asalto.

El mar viene cantando por el viento;
no aquel sereno mar, casi pradera,
sino el mar de maelstroms traicioneros
que tienen por meta un solo centro.

Aunque el reino del viento ha terminado,
los árboles comienzan a vestirse.
No es la ballena que resopla rejos,
otro corcel invade la mañana.

En cada relincho le revela
el loco afán de viajes sosegado:
El sueño existe sólo en esta tierra
y siempre el mar es ámbito prohibido.

Ya está el ferrocarril frente a su puerta
como búfalos que entraran malheridos
a morir calcinados por el fuego,
el mismo fuego que les dio la vida.

'Preferiría no hacerlo', quiso decir,
cruzándose de brazos, mas la pluma
lo aguardaba entre las hojas blancas
mientras el tren callaba en la distancia.

En el jardín, el viento se asentaba.
Tomó la pluma, levantó las anclas
y otra vez la blancura lo llevaba
en pos de la ballena o del naufragio.

Vicente Quirarte, incluido en Tigre la sed. Antología de poesía mexicana contemporánea 1950-2005  (Ediciones Hiperión, Madrid, 2006, selecc. de Víctor Manuel MendolaMiguel Ángel Zapata  y Miguel Gomes).

Otros poemas de Vicente Quirarte
Teoría del oso (IIIIIV)

miércoles, 26 de abril de 2017

Poema del día: "Los mandamientos", de Erica Jong (Estados Unidos, 1942)

                                      No querrás de veras ser poet(is)a. Primero, si
                                      eres mujer, tienes que ser tres veces mejor que
                                      cualquiera de los hombres. Segundo, tienes
                                      que acostarte con todo el mundo. Y tercero,
                                      tienes que haberte muerto.
                                   
                                      Poeta masculino, en conversación.

Si una mujer quiere ser poeta,
    debe dormir cerca de la luna a cara abierta;
    debe caminar a través de sí misma estudiando el paisaje;
    no debe escribir sus poemas con sangre menstrual.

Si una mujer quiere ser poeta,
    debe correr hacia atrás en torno al volcán;
    debe palpar el movimiento a lo largo de sus grietas;
    no debe conseguir un doctorado en sismografía.

Si una mujer quiere ser poeta,
    no debe acostarse con manuscritos incircuncisos;
    no debe escribir odas a sus abortos;
    no debe hacer caldos de vieja carne de unicornio.

Si una mujer quiere ser poeta,
    debe leer libros de cocina francesa y legumbres chinas;
    debe chupar poetas franceses para refrescar su aliento;
    no debe masturbarse en talleres de poesía.

Si una mujer quiere ser poeta,
    debe pelar los vellos de sus pupilas;
    debe escuchar la respiración de hombres durmientes;
    debe escuchar los espacios entre esa respiración.

Si una mujer quiere ser poeta,
    no debe escribir sus poemas con pene artificial;
    debe rezar para que sus hijos sean mujeres;
    debe perdonar a su padre su esperma más valiente.

Erica Jong, incluido en Siete poetas norteamericanas contemporáneas (UNAM, México, 2008, selec. y trad. de Beth Miller).

martes, 25 de abril de 2017

Poema del día: "Karl Marx died 1883 aged 65", de Antonio Cisneros (Perú, 1942-2012)

Todavía estoy a tiempo de recordar la casa de mi tía abuela y ese par de grabados:
Un caballero en la casa del sastre, Gran desfile militar en Viena, 1902.
Días en que ya nada malo podía ocurrir. Todos llevaban su pata de conejo atada a la cintura.
También mi tía abuela —veinte años y el sombrero de paja bajo el sol, preocupándose apenas
por mantener la boca, las piernas bien cerradas—.
Eran los hombres de buena voluntad y las orejas limpias.
Sólo en el music-hall los anarquistas, locos barbados y envueltos en bufandas.
Qué otoños, qué veranos.
Eiffel hizo una torre que decía «hasta aquí llegó el hombre». Otro grabado:
Virtud y amor y celo protegiendo a las buenas familias.
Y eso que el viejo Marx aún no cumplía los veinte años de edad bajo esta yerba
—gorda y erizada, conveniente a los campos de golf-.
Las coronas de flores y el cajón tuvieron tres descansos al pie de la colina
y después fue enterrado
junto a la tumba de Molly Redgrove «bombardeada por el enemigo en 1940 y vuelta a construir».
Ah el viejo Karl moliendo y derritiendo en la marmita los diversos metales
mientras sus hijos saltaban de las torres de Spiegel a las islas de Times
y su mujer hervía las cebollas y la cosa no iba y después sí y entonces
vino lo de Plaza Vendóme y eso de Lenin y el montón de revueltas y entonces
las damas temieron algo más que una mano en las nalgas y los caballeros pudieron sospechar
que la locomotora a vapor ya no era más el rostro de la felicidad universal.

«Así fue, y estoy en deuda contigo, viejo aguafiestas».

Antonio Cisneros en Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968), incluido en Poesía peruana. antología esencial  (Visor Libros, Madrid, 2008, ed. y selec. de José Miguel Oviedo).

lunes, 24 de abril de 2017

Poema del día: "Descripción de un estado físico", de Antonin Artaud (Francia, 1896-1948)

     Una sensación de quemadura ácida en los miembros,
     de músculos retorcidos y como en carne viva, el sentimiento de ser de vidrio y fácil de romper, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un trastorno inconsciente del andar, de los gestos, de los movimientos. Una voluntad perpetuamente tirante en lo que hace a los gestos más simples,
     la renuncia al gesto simple,
     una fatiga sorprendente y central, una especie de fatiga aspirante. Necesidad de recomponer los movimientos, una especie de fatiga mortal, fatiga del espíritu para una aplicación de la tensión muscular más simple, el gesto de asir, de engancharse inconscientemente con algo,
     que sostener mediante una voluntad aplicada.
   Una fatiga de comienzo del mundo, la sensación de que hay que llevar el propio cuerpo, un sentimiento de fragilidad increíble, y que se transforma en un sufrimiento demoledor,
     un estado de dolorosa torpeza, una especie de torpeza localizada en la piel, que no impide hacer ningún movimiento, pero que cambia la sensación interna de un miembro, y da a la simple posición vertical el precio de un esfuerzo victorioso.
     Localizado posiblemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro, y sin que presente ya al cerebro otra cosa que imágenes de miembros lejanos y fuera de su lugar. Una especie de ruptura interior de la correspondencia entre todos los nervios.
     Un vértigo movedizo, una especie de encandilamiento oblicuo que acompaña a cada esfuerzo, una coagulación de calor que encierra toda la extensión del cráneo, o se desprende de el a pedazos, placas de calor que se desplazan.
     Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empecinada en sufrir, sienes que se vitrifican o se vuelven de mármol, una cabeza pisoteada por los caballos.
   Habría que hablar ahora de la descorporización de la realidad, de esa especie de ruptura dedicada, se diría, a multiplicarse a sí misma entre las cosas y el sentimiento que ellas producen en nuestro espíritu, el lugar que ellas deben tomar.
     Esa ordenación instantánea de las cosas en las células del espíritu, no exactamente en un orden lógico, sino en su orden sentimental, afectivo
     (que ya no se cumple):
    las cosas ya no tienen olor, ni sexo. Pero su orden lógico también a veces se rompe debido justamente a su carencia de relente afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras para cualquier operación mental, y sobre todo aquellas que tienen que ver con los resortes más habituales, más activos, del espíritu.

Antonin Artaud en L'ombilic des limbes (1923), incluido en Poetas franceses contemporáneos  (Ediciones Librerias Fausto, Bueno Aires, 1974, selec. y versiones de Raúl Gustavo Aguirre).

domingo, 23 de abril de 2017

Poema del día: "Olor de alquitrán", de Julia Hartwig (Polonia, 1921)

Están reparando el tejado.
Acaban de traer unos barriles metálicos llenos de alquitrán
y los han dejado en el césped de nuestro patio.
Cada mañana encienden fuego bajo un barril y lo apagan por la tarde
y en los pisos penetra por las ventanas un intenso olor de alquitrán
que traspasa el perfume de las lilas que florecen de color blanco y cárdeno
entre el castaño y el abedul.
Es un mayo caluroso. Se ajetrean como jóvenes diablos alrededor del fuego
revolviendo la masa y añadiendo un carbón
más llamativo que el sol incandescente.
Con una polea de cuerdas móviles
suben al tejado cubos llenos del espeso líquido y hieren a la parra,
tras el crudo invierno se ha hecho menos espesa
y muestra algunas partes del muro desnudas.
Ahora nuestro patio recuerda la antesala del infierno
ni siquiera falta plumón para rebozar a los pecadores en el alquitrán
porque ya florecen los álamos
y en el aire flotan nubes de plumón ligero.
Uno de los obreros es un diablo especialmente seductor
sus blancos dientes relucen cuando los muestra en la mueca del esfuerzo
mientras agita un palo en el barril
su negro pelo brilla sobre la alta frente como el arco iris.
Le acompaña una diablesa joven
diabólicamente bella con su minifalda.
Cada día se sienta cómodamente en una silla plegable lejos de la fogata
y contempla el fuego silenciosamente o apoyando la barbilla en una mano
lee un libro con un forro de colores desgastado.
De vez en cuando el obrero se da la vuelta en dirección hacia ella
como si quisiera comprobar que no se ha ido
o sentándose en un montón de tubos metálicos tirados en el césped
mira sus piernas.

Julia Hartwig, incluido en Poesía polaca contemporánea (Ediciones Rialp, Madrid, 1994, selec. y trad. de Fernando Presa González).